Cuando la verdad, el bien y la belleza no caminan juntos y alguno se desgaja, se producen dolorosos desequilibrios y hasta prácticas funestas. La Inquisición fue una de ellas. En su caso, fue la verdad la que se elevo por encima de sus hermanos hasta volverse hija única, separada, y por eso loca. Creía hacer el bien cada vez que encarcelaba, torturaba y quemaba a un presunto hereje en nombre de la verdad. Pero esta verdad era solo verdad y no además bondad y belleza. Esto hacía que no fuera en absoluto verdad sino un absolutismo de la verdad. Ésta se había apartado del amor y ya no podía ser verdad, paráfrasis que hago del magnífico dictum de Pascal: “La verdad sin caridad no es verdad”. Jesús acreditó que era la Verdad porque dándose como Vida se hizo Camino para que los hombres llegasen a aquella, es decir a él. Por eso pudo decir de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Cualquiera que proponga la verdad sin abrir un camino hacia ella ofreciendo su vida como testimonio, ¿en qué términos la deja? El ser es uno, y uno y unido hay que mantenerlo hasta el final, si queremos que él nos mantenga a nosotros. Un Absoluto que se revelase como verdad y sólo verdad sería espantoso: tiene que aparecer al mismo tiempo e indiscerniblemente como bueno, y como bello, para que el hombre lo acoja. De otro modo lo aplastaría. La “verdad sola” no salva.
Amén.
ResponderEliminarAy, Susiño, qué entrada más .... ¿verdad, buena, bonita? Las tres. Un abrazo de Olimpia y yo.
ResponderEliminar...para que el hombre lo acoja.
ResponderEliminarPor eso, las tres cosas.