Nombraba una cosa y sentía que se desleía. Querría tener verdaderamente la cosa, y el nombre apenas si la rozaba. ¡Ah, la palabra no poseía, sólo idealizaba, tan blanda frente a lo duro! Pero ¿y si esta impotencia fuese su dignidad, esta pobreza su riqueza? El caer vencida, ¿no la constituía en servidora de aquello que nombraba? Nunca reina, venía a ofrecer sus pequeños servicios mensajeros, ese poquito de ser, de vida, que ella, mal que bien, ponía.
Dice lo mismo Rilke aquí
ResponderEliminarMagnífico enlace. Gracias, Ángel.
ResponderEliminarA mí también me ha hecho acordarme del "me asustan las palabras de los hombres" de RMR.
ResponderEliminarQue sirvan y no se interpongan es todo lo que se puede pedir.
Gracias, Suso.
Gracias, CB
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