Entiendo que un buen apretón de manos es aquel en que las manos de los que se saludan no quedan a medio camino sino que llegan hasta el final, allí donde los ángulos que forman el pulgar y el índice chocan con ganas. Todo lo que sea pararse antes y cogerse simplemente los dedos, como temiendo un contagio, está lejos de ser ese buen apretón que a uno le gusta. Tampoco se trata de romperse los huesecillos, claro, sino de permitir que las manos se abracen de veras.
Curioso, la penúltima entrada de mi blog, habla sobre el beso y el abrazo y alguien hizo alusión al apretón de manos, signo indiscutible entre personas honradas de un acercamiento sincero. Un saludo.
ResponderEliminarUn saludo, Rubén, y gracias.
ResponderEliminarY yo aún diría más… me gustan los apretones de manos fuertes y firmes, sinceros y nobles, pero que, después de aquellos momentos en los que las dos manos se funden en una, se suceden los segundos en que la mano no quiere soltar a la otra, temerosa de perder aquel mágico instante de comunión, y finalmente se suelta despacio, como a regañadientes, sintiendo la última espurna de la mano en las yemas de los dedos, guardándola como un tesoro inalcanzable.
ResponderEliminarPD. Jesús que bien escribes! Y yo con banalidades de faros y atardeceres sangrantes! Un saludo.
Gracias, una vez más, Alderaan. Y no son banalidades.
ResponderEliminar¡Y qué no nos falten apretones de manos así!